• El libro en su laberinto: brevísimo pasaje en el milagro editorial guatemalteco.


    Era enero y Guatemala, la pacífica ciudad centroamericana declarada dos veces consecutivas Capital Mundial de la Literatura, parecía al borde del colapso mientras hervía una de las peores crisis sufridas desde los años 90.

    No, la bolsa no había caído un 80% ni su PIB había descendido 20 puntos en una atropellada caída al infierno. Tampoco se trataba de un golpe de estado como, apenas pocos años antes, había sucedido en la vecina Honduras. Ni siquiera podía hablarse de una escalada de violencia, como en aquellos días trágicos que todo ciudadano mayor de 30 años recuerda. Se trataba de algo más pequeño; de algo que, a ojos de sus vecinos, parecía insignificante, indigno siquiera de fruncir seño alguno o de ser visto de reojo. Pero si algo puede hacer fruncir tembloroso el seño a la poderosa industria editorial guatemalteca, por muy leve que sea, el nombre de ese algo no es vecino en el diccionario con insignificante. Al menos no en significado.